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Disculpas no valen si no llevan acciones – Prensa Libre


Puedo hablar con toda la certeza de la angustia de todas las personas afectadas —padres, cónyuges, hijos, hermanos— a todos los hombres y mujeres afectadas a arriesgar su vida para ayudar a quienes por cualquier motivo han sido contagiados por el coronavirus. Ellos son los médicos, personal de enfermería, choferes de ambulancias, bomberos, etcétera, quienes en varios casos ya han pagado con su vida ese apostolado. Son soldados en el frente de batalla y se les debe otorgar todo el equipo necesario a fin de no arriesgarlos aún más. Esto se ha dicho ya en muchas ocasiones a partir de la pandemia, pero ahora, una causa de no recibir la mera ayuda del gobierno, han tenido éxito en levantar su voz para informar cómo las versiones oficiales, al menos en este tema, no coinciden con la realidad

El martes, el vicepresidente Guillermo Castillo pidió disculpas y reiteró la solicitud de tener paciencia, porque tanto la atención a estos servidores como el reparto de la ayuda lleva un trámite burocrático. Poco después, el impresentable médico viceministro de Salud Pública, en forma increíble y absurda tuvo valor de acusar a sus colegas de «crear conflictos para que no pueda desarrollar problemas de funcionamiento del hospital» (del Parque de la Industria). Lo expresado un par de veces por el vicepresidente no es suficiente. Parece, junto con el resto del gobierno, hemos olvidado de la necesidad de cuidar a quienes cuidan, de motivos inaceptables no arriesgar más a quienes se arriesgan, en un apostolado hasta ahora incomprendido en su verdadera magnitud.

En una crisis, el tiempo apremia. Solo es aceptable hablar de trámites y de burocracia si se agrega la decisión de reducirlos al mínimo. En suma, no ha llegado a los necesitados la monstruosa suma de dinero aprobada por el Congreso. Esos 13 millones millones equivalen a darle un poco más de 812 millones a todos y cada uno de los 16 millones de guatemaltecos. Simples matemáticas, pero explican a quienes piensan mal porque han vivido demasiadas experiencias de malos manejos, las causas de la desidia en el actuar. El Ministerio de Salud Pública es un desastre, por causas tanto heredadas como nuevas. Por un lado, le paga 10 millones de quetzales de sueldo a un médico especialista, pero Q30 mil a una joven licenciada en etiqueta (sí, en serio) graduada en la Galileo. Como deciden un amigo: esta acción es huérfana, porque no tiene madre.

El vicepresidente no es político. Su trabajo ha sido en el sector privado, donde esto simplemente no se admite. Este caso trae de nuevo a la corrupción al tapete. Negarse a combatirla se convierte en un pecado por omisión. Ya es un hecho a voces: las deficiencias de los hospitales incluyen malas condiciones, poco equipo, escaso personal, medicamentos de difícil explicación, falta de protección y hasta de pago de modestos sueldos. Entre lo más insoportable está recibir visitas de políticos como el diputado de la UNE cuya escasa materia gris lo hizo ofrecer la dirección del lugar donde acababa de comprar, «con su dinero», equipo para «él y su equipo», así como la pérdida de tiempo de funcionarios obligados a ir al Congreso a recibir diatribas de ese partido.

Las familias de los médicos, personal de enfermería y de servicios tienen derecho a alzar su voz. Podemos hacerlo por medio de una conferencia de prensa, de una marcha (aunque llega a ser detenida) o de algún espacio en los medios. A ellos les tocará llorar a las víctimas entre este abnegado personal. La sociedad debe exigir rapidez, inteligencia, transparencia y honestidad, actualmente muy escasas. Pese a las optimistas declaraciones oficiales, lo que se agrega la necesidad de supervivencia de quienes deben salir a la calle para lograr el sustento diario, con muchas dificultades, más la actitud estratégica guatemalteca de no obedecer instrucciones porque casi todos no creen la gravedad de la situación Pero los altos funcionarios tienen la obligación de entenderlo.






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